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miércoles, 3 de noviembre de 2010

El equilibrio es imposible.


Ahora no pretendas fingir que son esas cuerdas las que te atan. Ha pasado mucho tiempo, y ya no vas a confundirme. Sólo necesito que me digas que ya no tienes miedo, porque yo ya no le temo a nada, salvo a tus miedos, a tu indecisión y a tener que verme amordazando este grito otros cien años más.

sábado, 20 de junio de 2009

Sometimes.


Te lo dije. Te lo dije, te lo dije y te lo dije. Pero preferiste no hacerme caso, y de paso tirar tu lealtad a la basura. Sé muy bien cómo te sientes, vaya que si lo sé, pero me temo que no voy a ser yo quien ahora vaya a consolarte.

Porque aunque tengamos (y hayamos tenido, ¡ja!) muchas cosas en común, hay algo que no comparto contigo, como eso de tender una mano hipócrita a aquél que necesita ayuda mientras que la otra le acuchilla por detrás. Yo no soy así, y antes que al engaño recurro cien veces al desprecio. Y me provocas desprecio tú, hiena inmunda con piel de cordero, ave carroñera con complejo de superioridad que un día te creíste mejor que nadie como para pavonearte de ir por ahí con la bomba en la mano y sin que te explotara. Pero ahora te ha explotado, y ahora qué. Has pasado a la historia como una más; como otra imbécil.

Ahora llora, llora, llora. Y acostúmbrate al sabor salado de las lágrimas, porque ésto no ha hecho más que empezar. Porque aún te quedan así meses, incluso años, tal vez. Además, las heridas que ahora tienes terminarán dejándote cicatrices igualitas las mías; esas que tanto te gustaba arañar.

A ti, pobre, nunca te enseñaron lo que pasa cuando uno juega con fuego. Y por lo visto, tampoco quién es el que ríe mejor. Pero ya debes estar aprendiendo a base de golpes; no debe hacer falta que yo te lo enseñe. Por mí, ahora, como si te matan tu dolor y tu soberbia. Porque para que yo te compadezca... uy, para eso ya es demasiado tarde.

jueves, 16 de abril de 2009

Destiempo.


Queridísimo amigo:
Por primera vez en todo este tiempo te escribo para hablarte de un tema importante. De eso que ha estado latente, eso que nadie en el mundo sabe ni se imagina, eso que ambos sabemos tan bien pero de lo que nunca nos hemos atrevido a hablar. Miedo, tal vez. Miedo a hacernos daño a nosotros mismos, a hacernos daño el uno al otro, a hacerles daño a ellos es lo que ha mantenido este asunto sordo y mudo a lo largo del tiempo. Y a lo mejor precisamente es la huella del paso de los años la que me ha llevado a ponerlo hoy sobre la mesa; hoy como podría haberlo hecho hace tres años, o ayer, o mañana, o dentro de veinte. Pero he decidido que sea hoy.
Supongo que a veces, cuando las cosas van tan bien tal y como están, la idea de aspirar a algo más ambicioso se acaba rechazando por miedo a romper el saco. O tal vez, simplemente, a veces somos demasiado cobardes como para saltar al vacío, y para no reconocerlo nos ponemos excusas idiotas como la que acabo de explicarte. Y cuando ya es demasiado tarde, lo empiezas a ver como una oportunidad prácticamente segura, y perdida. ¿Tú te arrepientes de no haberlo intentado a tiempo? A veces tengo la sensación de que sí. De que tú respecto a mí no has cambiado absolutamente nada desde el primer día que te llamé por tu nombre. Sólo has escogido el camino más llano, pero nunca he dejado de ser para ti lo que fui entonces. Si te sirve de algo, tú para mí tampoco, pero el camino que yo he elegido no es precisamente llano. Por mi parte, tampoco podría decirse tanto como que me arrepienta, pero sí que has contribuido a engrosar mi complejo de pasividad.
Ahora sería muy difícil dejarlo todo y ponerse a tratar con cosas que, cuando era su debido momento, preferimos dejar estar. Habría que llevarse por delante cosas, personas, razones y circunstancias que durante este tiempo han cobrado demasiado peso en nuestras vidas como para ahora sacrificarlas igual que si fuesen el más banal de los objetos. No estoy segura de que eso sea lo que quiero hacer, pero tal vez tú tengas alguna idea; me gustaría saber tu opinión, qué piensas de todo esto, romper de una vez el silencio de tantos años. A mí muchas veces me cuesta contenerme.
Ojalá respondas pronto, ya te digo, no busco tanto el tomar una determinación como el conocer tu parecer y así quedarme más tranquila. Porque nos conozco bien, y sé que es muy improbable que acabemos tomando una determinación, sea cual sea. Sé que nada cambiará, y que seguiremos durante un montón de años más leyendo cada uno entre las líneas del otro el reflejo de los sentimientos propios. Como caricias, como abrazos, como cálidos guiños a través de un cristal. Pero ahora sólo quiero que me prometas una cosa: que siempre siempre siempre nos tendremos al lado el uno al otro, y que hasta el fin de los días, este será nuestro secreto.

martes, 20 de enero de 2009

Les jours tristes.

Ahora al cielo le da por llover, y a mí por recoger los restos de una primavera de oportunidades perdidas.
El arrepentimiento viene a mí en forma de fotografías ajenas, de encuentros casuales y conversaciones cordiales, de dos besos por milisegundo que buscan en su rapidez el sitio aquél que les correspondía antes de que fuese demasiado tarde. Aún recuerdo tu trenca azul bajando por la calle Espíritu Santo en una tarde de abril como se recuerdan las escenas más entrañables de una película de amor francesa. Y casi un año después, recuerdo que tus ojos -suyos ya- tiraban un poco a verde bajo la luz que también enrojecía mis mejillas.
Pero hoy las gotas de lluvia, inmóviles sobre el cristal, tampoco saben responderme a la pregunta de qué hubiera pasado si. Debe ser que el día está demasiado gris como para encontrar respuestas en ninguna parte a los asuntos que hace ya tanto tiempo los dos dimos por archivados.

martes, 13 de mayo de 2008

F. S

Es porque sigues viviendo en esa maldita calle gris que estba siempre llena de niebla, porque seguirás entrando y saliendo todos los días de esa estación de metro condenada en la que nunca hay dios que encuentre la salida correcta, seguirá viéndote gente por la calle y pensando las típicas cosas que todo el mundo piensa al verte, seguirás escuchando los discos que yo te regalé (o tal vez no), seguirás durmiendo todas las noches en esa cama cuyas sábanas habrás lavado ya cientos de veces para que no vuelvan a oler a mí, y guardarás algún recuerdo mío, no me importa si bueno o malo.
¿Es que no son suficientes motivos para estar molesta?

martes, 4 de diciembre de 2007

Indigestión.

Expulsó diez meses en una sola noche. Primero estuvo llorando; las lágrimas sabían como el mar que les envolvía a ambos en cada historia que escribía. Después estuvo vomitando, vomitando durante toda la noche. Llenó la taza del váter con canciones, ilusiones, novelas, textos, adolescencia, sangre, sonrisas, acelerones cardíacos, pero sobre todo con sueños, muchos sueños. Muchos más sueños de los que ella creía. Sueños de peces, de nubes, de lluvia, de playas, de trenes y abrazos que habían estado apareciendo en su cabeza cada dos por tres, desde hacía mucho tiempo.