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sábado, 20 de junio de 2009

Sometimes.


Te lo dije. Te lo dije, te lo dije y te lo dije. Pero preferiste no hacerme caso, y de paso tirar tu lealtad a la basura. Sé muy bien cómo te sientes, vaya que si lo sé, pero me temo que no voy a ser yo quien ahora vaya a consolarte.

Porque aunque tengamos (y hayamos tenido, ¡ja!) muchas cosas en común, hay algo que no comparto contigo, como eso de tender una mano hipócrita a aquél que necesita ayuda mientras que la otra le acuchilla por detrás. Yo no soy así, y antes que al engaño recurro cien veces al desprecio. Y me provocas desprecio tú, hiena inmunda con piel de cordero, ave carroñera con complejo de superioridad que un día te creíste mejor que nadie como para pavonearte de ir por ahí con la bomba en la mano y sin que te explotara. Pero ahora te ha explotado, y ahora qué. Has pasado a la historia como una más; como otra imbécil.

Ahora llora, llora, llora. Y acostúmbrate al sabor salado de las lágrimas, porque ésto no ha hecho más que empezar. Porque aún te quedan así meses, incluso años, tal vez. Además, las heridas que ahora tienes terminarán dejándote cicatrices igualitas las mías; esas que tanto te gustaba arañar.

A ti, pobre, nunca te enseñaron lo que pasa cuando uno juega con fuego. Y por lo visto, tampoco quién es el que ríe mejor. Pero ya debes estar aprendiendo a base de golpes; no debe hacer falta que yo te lo enseñe. Por mí, ahora, como si te matan tu dolor y tu soberbia. Porque para que yo te compadezca... uy, para eso ya es demasiado tarde.

jueves, 3 de abril de 2008

El que no debe ser nombrado

Duele, siempre duele; aunque a algunos les cueste reconocerlo, se trata de dolor puro y duro. Duele el tuyo propio, el de los demás, el que has perdido, el que no llega... el caso es doler.
"Pero eso no es así siempre -replicarás tú, ingenuo-, porque hay veces que le hace feliz a uno." Pues bien, te demostraré tu error mediante un símil muy ilustrativo.
¿Alguna vez te has/han dado un golpe muy muy muy fuerte? y, ¿no sólo fuerte, sino además en algún lugar horrible: el codo, la espinilla, el dedo meñique del pie? Entonces sabrás de qué te hablo. Nada más recibir el golpe no sientes absolutamente nada, es algo casi agradable, como ser incorpóreo. Ahora bien, pasados unos instantes, creo que no hace falta que describa la sensación de corporeidad infernal que aparece de pronto. Y claro, después viene la herida o moratón correspondiente.
Pues ésto es igual, sólo que con los tiempos dilatados. En vez de durar cada fase unos segundos, dura unas semanas, unos meses, a veces años... y las cicatrices, directamente, hay veces que nunca llegan a curarse.
Así que mira, no te engañes: no eres feliz, es sólo que te encuentras en ese instante justo antes de retorcerte de dolor.

martes, 4 de diciembre de 2007

Indigestión.

Expulsó diez meses en una sola noche. Primero estuvo llorando; las lágrimas sabían como el mar que les envolvía a ambos en cada historia que escribía. Después estuvo vomitando, vomitando durante toda la noche. Llenó la taza del váter con canciones, ilusiones, novelas, textos, adolescencia, sangre, sonrisas, acelerones cardíacos, pero sobre todo con sueños, muchos sueños. Muchos más sueños de los que ella creía. Sueños de peces, de nubes, de lluvia, de playas, de trenes y abrazos que habían estado apareciendo en su cabeza cada dos por tres, desde hacía mucho tiempo.