Mostrando entradas con la etiqueta ella. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ella. Mostrar todas las entradas

sábado, 20 de junio de 2009

Sometimes.


Te lo dije. Te lo dije, te lo dije y te lo dije. Pero preferiste no hacerme caso, y de paso tirar tu lealtad a la basura. Sé muy bien cómo te sientes, vaya que si lo sé, pero me temo que no voy a ser yo quien ahora vaya a consolarte.

Porque aunque tengamos (y hayamos tenido, ¡ja!) muchas cosas en común, hay algo que no comparto contigo, como eso de tender una mano hipócrita a aquél que necesita ayuda mientras que la otra le acuchilla por detrás. Yo no soy así, y antes que al engaño recurro cien veces al desprecio. Y me provocas desprecio tú, hiena inmunda con piel de cordero, ave carroñera con complejo de superioridad que un día te creíste mejor que nadie como para pavonearte de ir por ahí con la bomba en la mano y sin que te explotara. Pero ahora te ha explotado, y ahora qué. Has pasado a la historia como una más; como otra imbécil.

Ahora llora, llora, llora. Y acostúmbrate al sabor salado de las lágrimas, porque ésto no ha hecho más que empezar. Porque aún te quedan así meses, incluso años, tal vez. Además, las heridas que ahora tienes terminarán dejándote cicatrices igualitas las mías; esas que tanto te gustaba arañar.

A ti, pobre, nunca te enseñaron lo que pasa cuando uno juega con fuego. Y por lo visto, tampoco quién es el que ríe mejor. Pero ya debes estar aprendiendo a base de golpes; no debe hacer falta que yo te lo enseñe. Por mí, ahora, como si te matan tu dolor y tu soberbia. Porque para que yo te compadezca... uy, para eso ya es demasiado tarde.

jueves, 26 de marzo de 2009

Funeral.



Ayer a media tarde me acerqué a La Almudena. Por la mañana había sido el funeral oficial, al que yo no tenía derecho a asistir a pesar de la limpieza de mi nombre, mi conciencia y mis manos. Así que, unas horas más tarde, me presenté yo a hacer mi velatorio y despedida personal.
El cementerio estaba desierto de vivos y abarrotado de muertos, por lo que en un principio hubiese sido difícil encontrar el lugar que buscaba, pero las notas del piano de Chopin aún resonaban en el mármol, así como los sollozos de las personas que aquélla mañana habían llorado por él por primera vez, y guiándome por mi oído conseguí llegar a la lápida. Grabado sobre ella estaba su nombre, que no me venía de nuevas; su primer apellido -que solía ocultar por ser demasiado vulgar- y su segundo apellido. Debajo aparecía esa fecha de nacimiento que no logró grabarse en mi memoria hasta que decidí olvidarla, y al lado de ésta, la de hacía dos días: seis de abril de mil novecientos noventa y nueve. Pensé, con irónica maldad, que ahora ya habría un seis de abril más memorable que el del año anterior. Pero lo pensé para mis adentros, no se lo dije. Hace más o menos un año aprendí que es inútil hablar con trozos de mármol. Y sin embargo, dos días antes lo había hecho por última vez…
Recordé cómo las dos cápsulas de arsénico se revolvían inquietas en mis bolsillos, impacientes, esperando cada una su estómago de destino, y cuando resbalaron silenciosas por los esófagos de esos dos desgraciados, fui yo quien rió la última. Ahora vamos a ver quién le ha quitado la vida a quién, dije en voz baja.
Y allí estaba yo ayer, saboreando mi victoria con deportividad frente al sepelio repleto de flores frescas. Después de todo -esto también lo pensé, sin decirlo en alto-, lo importante es participar, ¿no?
Estas eran las cosas que transitaban por mi cabeza cuando de repente una mano cálida tomó la mía. Sin apartar los ojos siquiera de la lápida pude averiguar quién era.
- ¿Nuria? -pregunté.
- Sí, soy yo -me respondió-. ¿Me conoces?
- Alguna vez me habló de ti. Supuse que tú también vendrías después del funeral. Pero aun así falta…
Y antes de que pudiera terminar la frase ella me contestó, sin volver la cabeza siquiera, como si lo presintiera igual que yo había presentido antes su presencia.
- Teresa viene por allí.
Efectivamente, cuando miré hacia atrás vi a Teresa, que caminaba con paso ligero hacia nosotras mientras su larga melena rubia ondeaba en el aire. Al llegar hasta donde estábamos tenía un rostro sereno, pero al ver la lápida frente a sí se estremeció y estrechó suavemente mi mano en la suya. Así permanecimos durante unos minutos, las tres cogidas de la mano y en silencio. Hasta que Teresa lo rompió:
- No estamos todas…
- Bueno, ella no ha podido venir a acompañarnos -contesté.
- Estará destrozada…
- Puede que lo esté. Puede que los gusanos ya la hayan destrozado. En cualquier caso ella ahora se encuentra a muchos kilómetros de distancia de aquí, y a varios metros de profundidad.
- ¿Quieres decir que…?
Mi única respuesta fue una leve sonrisa que ambas supieron comprender fácilmente.
- Dinos que nosotras también les matamos -me pidió Nuria.
- Como si lo hubieseis hecho con vuestras propias manos -le dije.
Ambas sonrieron y apretaron mi mano a la vez. Una lágrima de felicidad resbaló por mi mejilla, después por la de Nuria y por último por la de Teresa.
Tras ese momento las tres juntas nos marchamos del cementerio, dejando atrás el cadáver, entre muchas otras cosas. Yo, por ejemplo, dejé una nota sobre la lápida en la que le daba la única y última explicación que debía: Tú tuviste tus razones… y yo he tenido las mías. Después no recuerdo dónde fuimos; qué más da si a reír o a llorar nuestra suerte. Pero sé que esta noche ha sido la primera en un año que he podido descansar en paz.

martes, 4 de diciembre de 2007

Indigestión.

Expulsó diez meses en una sola noche. Primero estuvo llorando; las lágrimas sabían como el mar que les envolvía a ambos en cada historia que escribía. Después estuvo vomitando, vomitando durante toda la noche. Llenó la taza del váter con canciones, ilusiones, novelas, textos, adolescencia, sangre, sonrisas, acelerones cardíacos, pero sobre todo con sueños, muchos sueños. Muchos más sueños de los que ella creía. Sueños de peces, de nubes, de lluvia, de playas, de trenes y abrazos que habían estado apareciendo en su cabeza cada dos por tres, desde hacía mucho tiempo.