lunes, 10 de mayo de 2010

Angel.

Montamos en tu coche, programaste el GPS, y en vez de ir hacia mi casa, tú me llevaste al mar. Después de varias horas en el coche, juntos tú y yo y la música de piano que nos acompañaba, llegamos a la playa.
Allí estábamos los dos, y allí te quedaste conmigo para siempre, aunque yo al instante ya te hubiera perdido de vista. Porque entonces los comprendí todo. En realidad tú eras el mar, y tu cuerpo era sólo una representación de él; un trozo de carne capaz de atraer a mi carne para así, llegado el momento, poder llevar mi alma hacia la tuya, que estaba allí ahora ante mis ojos, extendiéndose inmensa y taciturna, golpeando en la arena y las rocas.
Así que caminé hacia ti sin vacilaciones; me sumergí, me entregué a tus aguas tal y como me querías: blanca, pura, nueva, como lo había sido tiempo atrás.
Y allí me envolviste por completo con caricias, frescas pero sólidas, me acunaste y me arrullaste en tus vaivenes; tu voz submarina susurraba a través de mi garganta, que ya, por fin, había dejado de esperarte.

jueves, 22 de abril de 2010

El aprendiz


Hoy me marcho de este lugar -que ya era mi casa- mirando atrás. Me voy caminando de espaldas por este largo pasillo, como si estuvieran rebobinando la imagen del día en que llegué. Iba con prisas, llegaba tarde y hacía frío; todo lo contrario que hoy, que brilla el sol con esa alegre nostalgia con que lo hace en las tardes de primavera, y hay unas extrañas fuerzas en mi cuerpo y mi alma que tratan de impedir que camine hacia la puerta de salida.
A pesar de todo, me resisto a creer que aquélla que entró aquí una mañana gris de finales de febrero sea la misma que hoy, en contra de toda su voluntad, se marcha. No, por supuesto que no es la misma. Porque tras la mala racha inicial apareciste tú, que me has colmado de virtudes a cada minuto que hemos pasado trabajando juntos.
Por eso sé que aunque ya no vaya a verte cada día, en realidad no me he separado de ti; eso sería imposible, porque ahora tú vives y vivirás por siempre en mis adentros, en ese trocito de mí que por mucho que me corresponda estructuralmente, lleva inequívocamente grabado tu nombre y apellidos. Es algo tuyo que yo he hecho mío, o algo mío que has hecho tuyo, o simplemente algo que yo no tenía antes y que tú me has inculcado a tu imagen y semejanza: es el querer y saber hacer, consiguiendo lo que se persigue con un buen esfuerzo pero siempre sin despeinarse, teniendo siempre claro lo que se quiere, sin una duda, encontrando el placer en la autoexigencia y a la vez en la seguridad en uno mismo para llegar a hacer las cosas de una manera impecable.
De aquí en adelante, estos pasillos y espacios que yo en un principio veía enormes, fríos y vacíos podré recordarlos templados y llenos por tu sólida presencia caminado por ellos a mi lado, tu voz que nunca sentí temblar, tus ojos grandes e impávidos que se clavaban en los míos de una forma tan directa y noble que a veces hacían que me turbara la sensación de que me dejabas sin secretos; todo esto aderezado por esas buenas palabras, sonrisas y guiños tan tuyos que tampoco has tenido problema en sacar siempre en el mejor momento, haciendo que te sienta reconfortante y cómplice.
A partir de ahora te recordaré a ti, que has sido a la vez el más fuerte impulso y el más firme apoyo, y a todo lo que tenga que ver contigo, bajo un filtro de color naranja.
Hoy no voy a entristecerme, y mucho menos a llorar. No, porque tú no lo hubieras hecho, y yo ahora no soy más que un vástago tuyo. Ahora yo me he convertido en ti, y como un pequeño tú que soy, voy a salir de aquí e iré allá donde vaya con el mentón siempre alineado con la horizontal, el paso decidido y la mirada al frente.
Porque a pesar de que el olor tuyo que llevo ahora sobre mi piel y que me va haciendo a la idea de que ahora soy pedazo de ti, mañana probablemente habrá desaparecido, el resto de lo que me has transmitido durante este tiempo son cosas que para siempre voy a llevar conmigo.

miércoles, 7 de abril de 2010

Deseo vestido de blanco

A menudo asiento con la cabeza mientras mantengo la mirada fija en el suelo, porque si la levanto…
Si levanto la mirada del suelo, lo primero que me encuentro son sus zuecos, seguido de sus pantalones blancos del uniforme del hospital, que suelen dejar traslucir el color y estampado de su ropa interior. Al seguir subiendo aparecen sus brazos largos, fuertes, sin apenas pelo y con algunas venas que se marcan superficialmente, que parecen estar deseando estrecharte fuertemente contra él.
Esos brazos nacen en unos hombros anchos y redondeados, que al estar un poco rotados hacia dentro hacen intuir que debajo del pijama blanco también hay unos pectorales fuertes y potentes. Al mirarle de espaldas puedo apreciar la forma de su tronco, que deja la ropa holgada en cadera y cintura pero se ensancha hasta casi reventarla a la altura de sus hombros robustos.
Mientras me recreo en la visión de su cuerpo él se pasa la mano suavemente por la cabeza: primero por la patilla y después por sus rizos negros y cortos, en los que ya asoman algunas de esas primeras canas de los treinta y muchos, de la manera más atractiva que nunca hubiera podido imaginarme.
Me mira; me mira con esos ojos limpios color miel, tan penetrantes que hacen desear que fuesen otra cosa y no ojos … Termina de contar lo que me estaba explicando y yo no me doy cuenta de que ha callado, sino de que sus labios, pequeños pero carnosos y siempre un poco apretados, han vuelto a contactar el uno con e otro.
El corazón me late deprisa, tengo la respiración acelerada y mi vista empieza a nublarse con el esfuerzo de contenerme. Él aprecia que algo pasa y me pregunta con su voz grave -tan atractiva o más que su cuerpo- si estoy bien. Le contesto que un poco mareada, que voy a salir al baño a que me dé el aire y a refrescarme, a lo que él asiente firmemente con la cabeza.
Voy hacia el baño corriendo por el pasillo; cuando llego me miro en el espejo y veo que tengo las mejillas sonrojadas. Me lleno las manos con agua fría del grifo del lavabo y hundo la cara entre ellas durante unos segundos mientras me reprendo a mí misma por no haber hecho lo de siempre, lo que sabía que debía hacer: escucharle con atención mientras miro al suelo o a cualquier otra parte.
Oigo tras de mí unos pasos que me hacen levantar la cabeza, con toda la cara mojada. A través del espejo no se distingue que haya nadie más en el baño, pero mi intuición me dice que sí lo hay, y que de hecho, es él. Le llamo por su nombre.
En ese momento, veo a través del espejo como viene hacia mí, con paso calmado y mirándome fija, honda y ardientemente a los ojos. Me cuesta creerlo y vuelvo a llamarle, aunque esta vez más bajo, pues está más cerca.
Él se acerca a mí por detrás, me rodea la cintura con sus brazos y me susurra en el oído:
- Sssshhh… no levantes la voz.
Y sigue mirándome a los ojos a través del espejo mientras comienza a besarme el cuello y a desabrochar con una mano el primer botón de mi pijama blanco.

domingo, 17 de enero de 2010

Ciutadella


Ayer estuve nadando sola en el mar. Estaba en una zona en la que llegaba con los pies al suelo, pero prefería nadar. Debe ser que siempre he tenido esa afición por hacer las cosas más complicadas de lo que son por naturaleza.
El mar estaba bastante tranquilo, y hacía unas leves ondas sobre las que yo me dejaba llevar. Entre una y otra se colaban momentos para pensar en ti, mientras que mi cuerpo se dejaba llevar por los suaves movimientos de vaivén.
Así, imaginaba que el agua era tu cuerpo. Que las olas rompiendo en la orilla eran tus suspiros. Y que en alguna parte, en las profundidades, seguramente habría un corazón. Pero eso aún era demasiado pronto para saberlo.

martes, 27 de octubre de 2009

Colillas en el suelo.



- Buenos días.
- Hola, buenos días. Quería… una vocación, por favor.
- Lo siento, de eso no vendemos.
- Vaya, pues entonces… una cajetilla de Marlboro cortos y un poco de sexo.
¿Cuánto es?

sábado, 20 de junio de 2009

Sometimes.


Te lo dije. Te lo dije, te lo dije y te lo dije. Pero preferiste no hacerme caso, y de paso tirar tu lealtad a la basura. Sé muy bien cómo te sientes, vaya que si lo sé, pero me temo que no voy a ser yo quien ahora vaya a consolarte.

Porque aunque tengamos (y hayamos tenido, ¡ja!) muchas cosas en común, hay algo que no comparto contigo, como eso de tender una mano hipócrita a aquél que necesita ayuda mientras que la otra le acuchilla por detrás. Yo no soy así, y antes que al engaño recurro cien veces al desprecio. Y me provocas desprecio tú, hiena inmunda con piel de cordero, ave carroñera con complejo de superioridad que un día te creíste mejor que nadie como para pavonearte de ir por ahí con la bomba en la mano y sin que te explotara. Pero ahora te ha explotado, y ahora qué. Has pasado a la historia como una más; como otra imbécil.

Ahora llora, llora, llora. Y acostúmbrate al sabor salado de las lágrimas, porque ésto no ha hecho más que empezar. Porque aún te quedan así meses, incluso años, tal vez. Además, las heridas que ahora tienes terminarán dejándote cicatrices igualitas las mías; esas que tanto te gustaba arañar.

A ti, pobre, nunca te enseñaron lo que pasa cuando uno juega con fuego. Y por lo visto, tampoco quién es el que ríe mejor. Pero ya debes estar aprendiendo a base de golpes; no debe hacer falta que yo te lo enseñe. Por mí, ahora, como si te matan tu dolor y tu soberbia. Porque para que yo te compadezca... uy, para eso ya es demasiado tarde.

jueves, 16 de abril de 2009

Destiempo.


Queridísimo amigo:
Por primera vez en todo este tiempo te escribo para hablarte de un tema importante. De eso que ha estado latente, eso que nadie en el mundo sabe ni se imagina, eso que ambos sabemos tan bien pero de lo que nunca nos hemos atrevido a hablar. Miedo, tal vez. Miedo a hacernos daño a nosotros mismos, a hacernos daño el uno al otro, a hacerles daño a ellos es lo que ha mantenido este asunto sordo y mudo a lo largo del tiempo. Y a lo mejor precisamente es la huella del paso de los años la que me ha llevado a ponerlo hoy sobre la mesa; hoy como podría haberlo hecho hace tres años, o ayer, o mañana, o dentro de veinte. Pero he decidido que sea hoy.
Supongo que a veces, cuando las cosas van tan bien tal y como están, la idea de aspirar a algo más ambicioso se acaba rechazando por miedo a romper el saco. O tal vez, simplemente, a veces somos demasiado cobardes como para saltar al vacío, y para no reconocerlo nos ponemos excusas idiotas como la que acabo de explicarte. Y cuando ya es demasiado tarde, lo empiezas a ver como una oportunidad prácticamente segura, y perdida. ¿Tú te arrepientes de no haberlo intentado a tiempo? A veces tengo la sensación de que sí. De que tú respecto a mí no has cambiado absolutamente nada desde el primer día que te llamé por tu nombre. Sólo has escogido el camino más llano, pero nunca he dejado de ser para ti lo que fui entonces. Si te sirve de algo, tú para mí tampoco, pero el camino que yo he elegido no es precisamente llano. Por mi parte, tampoco podría decirse tanto como que me arrepienta, pero sí que has contribuido a engrosar mi complejo de pasividad.
Ahora sería muy difícil dejarlo todo y ponerse a tratar con cosas que, cuando era su debido momento, preferimos dejar estar. Habría que llevarse por delante cosas, personas, razones y circunstancias que durante este tiempo han cobrado demasiado peso en nuestras vidas como para ahora sacrificarlas igual que si fuesen el más banal de los objetos. No estoy segura de que eso sea lo que quiero hacer, pero tal vez tú tengas alguna idea; me gustaría saber tu opinión, qué piensas de todo esto, romper de una vez el silencio de tantos años. A mí muchas veces me cuesta contenerme.
Ojalá respondas pronto, ya te digo, no busco tanto el tomar una determinación como el conocer tu parecer y así quedarme más tranquila. Porque nos conozco bien, y sé que es muy improbable que acabemos tomando una determinación, sea cual sea. Sé que nada cambiará, y que seguiremos durante un montón de años más leyendo cada uno entre las líneas del otro el reflejo de los sentimientos propios. Como caricias, como abrazos, como cálidos guiños a través de un cristal. Pero ahora sólo quiero que me prometas una cosa: que siempre siempre siempre nos tendremos al lado el uno al otro, y que hasta el fin de los días, este será nuestro secreto.