martes, 8 de febrero de 2011

Beneath the rose.


[...] Y nunca más volvería a sentir ese frío, ese miedo, ese odio, ni a sentirme sola. Y la gente que dejara atrás seguiría con su rutina gris, sin nunca reparar en mi repentina ausencia, dado que yo allí había sido invisible.
Y si alguien, por casualidad, alguna vez me echaba en falta, le estaría bien empleado reflexionar un momento sobre cuál fue su parte de culpa: qué hizo que no debiera haber hecho, o qué pudo hacer y no hizo, para que tal vez yo siguiera allí en ese momento. Que se sintiera mal un instante por todo el tiempo que yo había vivido un infierno y nadie había querido escuchar mis gritos. Pero ya sería demasiado tarde, y yo ya no regresaría.

martes, 18 de enero de 2011

Anyone's ghost.


Se encuentra el semáforo en rojo, y espera frente al paso de cebra. Madre mía, de nuevo allí. El suelo y sus pies vuelven a saludarse, corteses pero distantes, a la vez con alegría de verse de nuevo y tristeza por un rencor que ha durando demasiado y no les ha permitido verse en mucho tiempo. Como viejos conocidos que un día se hicieron mucho daño, y entre los cuales, con el paso de los años, ha nacido la tolerancia, y una especie de perdón resignado por aquello de que el tiempo todo lo cura, si bien ha pasado demasiado como para que una reconciliación real pudiera tener algún sentido ahora entre las gomas y las baldosas. Hola, qué tal, cuánto tiempo, no esperaba volver a veros por aquí, pues ya ves.
El semáforo aún no se ha abierto. Ella, esta vez ya no mira hacia arriba, sino hacia la calle que se extiende hacia su derecha. De nuevo esos bloques marrones, qué horror. Y hace tanto frío como entonces.
Se enciende la luz verde y se pone a cruzar. Toda la gente que camina a su lado son desconocidos; en eso hay escasa diferencia con el resto de las veces que había pasado por allí. Pero a los transeúntes que cruzan la calle no les cubren los ojos mechones de pelo, ni llevan barba de varias semanas. Todos caminan de prisa, y hacia delante.
Dobla la esquina y baja por la boca del metro. En esta estación otra vez, Dios santo. Y llega al andén, y mira a todos lados como con el presentimiento de que alguien ha ido hasta allí con ella, con la mirada y el cuerpo llenos de decepción, para acompañarle hasta que suba al metro. Pero no; esta vez está sola. Sola: ella y nadie más. Sin la impotencia, sin la culpa, sin la incertidumbre, sin el miedo a volver a aquella plaza y que se le rasguen las suturas. Ahora llega el metro, se sube y se marcha.
En el andén no queda ni una persona, ni una sola gota de sangre.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Martín se ha ido para siempre.

¿A mí me dices? No, perdona, debe ser un error. Yo no lo veo, ya no te comprendo, no albergo ni un solo sentimiento por dentro, y me temo que ese día del que me hablas, aquella sonrisa entre la gente… No me suena de nada; debes confundirme con otra persona. Puesto que, llegado un punto, lo mejor que puedo hacer es fingir que no veo, ni comprendo, ni siento, ni recuerdo nada. Y lo más importante no es que se lo crean los demás, sino creérselo uno mismo.

domingo, 28 de noviembre de 2010

lunes, 8 de noviembre de 2010

Ai, Dolors


Mi hámster tiene mejores cosas que hacer que hacerme la vida imposible: atusarse el nido, lamerse las patas, almacenar comida en sus abazones, dormir hecha una bola en un rincón…

Mi hámster no me pide que tenga una paciencia infinita.

Mi hámster tiene otras ocupaciones que no son hurgar en mi vida personal a mis espaldas.

Mi hámster no se hace la independiente cuando la necesito y luego me pide afecto cuando yo tengo otros planes.

Mi hámster no habla, pero se explica con toda claridad: las patas junto a la puerta de su jaula o un chillido en el momento oportuno bastan para que con ella no haga falta ningún lector de mentes.

Mi hámster me deja hacer mi propia vida, sabiendo que ninguna decisión o camino que tome va a poder decepcionarla. Ella siempre comprende mis motivos.

Mi hámster no me pega una puñalada, desaparece y regresa al cabo del tiempo fingiendo que nada ha pasado.

Mi hámster nunca me da falsas esperanzas, así como tampoco me lo pinta todo negro para desanimarme.

Mi hámster tiene una autoestima lineal: sin picos de vanidad ni valles de indignidad.

Mi hámster no perturba mi salud mental con gritos, discusiones, manías, histerias.

Mi hámster siempre está dispuesta a salir conmigo a jugar.

Mi hámster no acapara el tiempo, la atención y el amor de las personas a las que quiero (o al menos, no en un porcentaje alarmante y eclipsante).

Mi hámster siempre es lo que yo espero de ella, sin decepciones y sin altibajos.

Mi hámster vive en la habitación de al lado.

Si ahora mismo me marchara a una isla desierta, ¿sabes qué sería lo único que me llevaría?

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El equilibrio es imposible.


Ahora no pretendas fingir que son esas cuerdas las que te atan. Ha pasado mucho tiempo, y ya no vas a confundirme. Sólo necesito que me digas que ya no tienes miedo, porque yo ya no le temo a nada, salvo a tus miedos, a tu indecisión y a tener que verme amordazando este grito otros cien años más.