lunes, 5 de septiembre de 2011

El muro.

Por mucha hambre que tenga, no puedo
extender más hacia ti mis brazos
para que me alimentes.
No puedo hacerlo,
no;
hincar mis uñas
a través de este muro de carne pálida y
blanda.
No;
ver brotar la sangre bajo
esa mirada inocente que
sólo espera que le devuelva otra
igual de inmaculada,
sin saber cómo estoy:
famélica.

Y así mi delgadez se haga infinita
por y para
la candidez de este muro,
que me niego a ultrajar a cambio
de unas migajas de pan
que serán,
seguramente, lo que me espere
al otro lado.
Y no otro cuerpo
escuálido
con las manos tendidas,
buscando sustento
en mi reborde costal
a través de un tabique
moralmente infranqueable (o
inmoralmente
franqueable).

miércoles, 13 de julio de 2011

La sonrisa de Camille.


La primera vez que vi a Camille, sentí el impulso de escaparme corriendo, y eso fue lo que hice. En cuanto la vi entrar, tan alta, el bar, algo me dijo que era ella, y corrí a meterme detrás de una columna y ponerme a hablar con alguien como si nada pasara. Ya me habían hablado de ella alguna vez, y yo había imaginado de ella muchas cosas, así que no sé si era el pánico a encontrarme de frente con mi idealizada muchacha y quedarme paralizado o el miedo a desengañarme al tenerla delante y ver que las virtudes que yo le había atribuido no eran más que prejuicios que había hecho a partir de las cosas que me habían contado sobre ella.

Ahora, si abro y cierro los ojos muy fuerte y muy rápido, como cuando acabas de mirar al sol o a algo que refleja mucha luz, sigo viendo la sonrisa de Camille. A decir verdad, la noche que la conocí, así de primeras, no me convenció demasiado físicamente, pero a medida que iba pasando el rato charlando con ella, y especialmente a partir del primer momento en que me sonrió, todas las cosas en ella se fueron tornando, a mis ojos, cada vez más y más bellas.

Porque, aunque en un principio había huido de ella, llegó un momento en el que, inevitablemente, acabamos hablando; no recuerdo si fue porque alguien nos presentó, porque se unió a una conversación que yo estaba teniendo con alguien más o porque nos chocamos entre las estrechuras de aquel bar estrecho y abarrotado y tuvimos que pedirnos perdón. Lo que sí recuerdo es que, desde el primer momento en que comenzamos a hablar, ella desplegó una inmensa sonrisa que no se me termina de borrar de la mente, por mucho que me esfuerce en ello.

Camille tiene unos dientes alargados, como de conejo, de un blanco deslumbrante, perfectamente alineados, y enmarcados por unos labios finos, pero que se engrosan ligeramente en el centro.

Recuerdo que esa cara de franca alegría, con su gran sonrisa y sus ojos expectantes, me abrumaba mientras intentaba sacar cualquier conversación que me permitiera quedarme con ella, aunque fuera, treinta segundos más. Pero al final, después de un rato con ella, acabé inventando una excusa para marcharme a hablar con otra persona, puesto que ya sentía que en cualquier momento acabaría notando lo nervioso que estaba, o la cara de embobado con la que la estaba mirando.

Aun así, pienso que, si hubiera sabido dominar mis nervios y le hubiera pedido que saliera conmigo a bailar, ella hubiera accedido. Lo cierto es que, salvo por el hecho de que mi pecho estaba a punto de estallar, el rato que pasamos juntos fue muy agradable. Camille se me mostró como una muy buena conversadora, inteligente y simpática. Y yo supe que, definitivamente, me había enamorado de ella.

No fui lo bastante valiente como para invitarla a bailar conmigo, y ahora, cada vez que pienso en ella antes de ir a dormir, me arrepiento y apuesto a que ella hubiera estado encantada de que lo hiciera, y hubiera puesto una sonrisa aún más grande, si cabe, que la que me estuvo dedicando a lo largo de toda nuestra conversación.

Porque desde aquella noche de sábado, no hay otra cosa en la que pueda pensar, al apagar la luz de mi cuarto, que no sea su sonrisa. Intento, incluso, acompañarla de algún recuerdo más: del olor a chica que desprendía cada vez que acercaba a mí su cabeza para poder escucharme mejor entre la música y el ruido del bar, en la forma de su cara, de su nariz, en su pelo –que sé que era castaño claro y poco más-, en el color de sus ojos –que ya no recuerdo cuál era-, en el vestido que llevaba aquella noche –que sé que me pareció bonito, pero ya no me viene a la mente-, en su voz con su gracioso acento… pero nada.

Sólo soy capaz de recordar esa sonrisa que tengo grabada en la parte de atrás de los párpados, y que veo cada vez que cierro los ojos, y nada más. Y sé que el día que vuelva a verla, no huiré más, y será ella, Camille, quien vaya dando vueltas, de mi mano, al son de la música, durante toda la noche.

lunes, 28 de marzo de 2011

Elle est partie un jour.

El tipo de silencio que había en el apartamento se lo decía, y el paso de los días se lo confirmaba: ella, esta vez, se había marchado para no volver.
Alexander y Margaret compartían apartamento desde hacía varios años. No es que fuera un secreto, pero tampoco lo sabía demasiada gente, eran más bien discretos a este respecto. De puertas para afuera, eran compañeros de piso, y punto. Y al fin y al cabo, esa era la verdad, aunque sólo fuese el 90% de la verdad. El otro 10% era algo más complicado de denominar.
A veces compartían cuarto, a veces utilizaban cuartos separados. A veces hacían el amor, a veces veían películas cogidos de la mano, a veces simplemente se reían juntos. A veces no cruzaban -durante días semanas, meses- más que los buenos días y las buenas noches al encontrarse y al despedirse. Así, sin más. Nada estaba escrito, nada tenía un motivo; simplemente era un tipo de relación que había surgido con el paso de los años.
Por supuesto, ambos tenían sus relaciones -más serias, menos serias- fuera de allí, pero eso qué importaba. Cualquiera que fuera, no tenía nada que ver con lo que pasara dentro del apartamento. Ninguna relación que pudieran entablar con otras personas podría ser parecida a eso (que por difuso y discontinuo no sé cómo denominar) que había entre ellos dos, con lo cual no era posible equipararlas, ni compararlas, ni pensar en que las unas pudieran afectar en absoluto a las otras. Sin embargo, sí que había entre ellos un acuerdo taciturno de distender las relaciones con terceros en las épocas en las que la suya se estrechaba; claro que esto tampoco era exactamente obligatorio.
Otra de las características de la vida en el apartamento de Alexander y Margaret es que también, en ocasiones, alguno de ellos se largaba de allí; a veces, incluso, lo hacían los dos. Así, sin motivo aparente, ya fuera en mitad de un momento intenso de la relación o en aquéllos en los que apenas se veían. A veces, simplemente, ya fuera el uno o el otro, cogían la puerta y se marchaban durante un tiempo indefinido, improvisado, tras el cual regresaban como si nada hubiera pasado. Y el otro, por supuesto, no hacía preguntas. No tenía sentido hacer preguntas, sobre todo si hasta entonces, desde hacía tanto tiempo, nunca las habían hecho [...].
Pero ahora Margaret se había marchado hacía días, y algo dentro de Alexander le decía que esta vez no regresaría. No sabía por qué, pero lo sabía. A su compañera de piso, no la volvería a ver.
Entonces pensó que por qué ella habría de volver, si él nunca le había pedido que se quedara. Si nunca le había dado demasiada importancia al hecho de que ella no estuviera era porque contaba con la certeza de que tarde o temprano volvería, pero nunca se había planteado qué pasaría si un día no fuera así.
Ahora ella había ganado. En lo personal habían perdido los dos, como estaba escrito desde un principio, pero en lo estratégico había ganado ella, por el simple hecho de haber sido la primera en marcharse de allí. Porque el final de aquella historia, desde luego, no iba a ser una boda, ni una feliz y llana relación de compañeros de piso, ni una fulgurante amistad, como todo presumía dependiendo del momento. El final de todo iba a ser que, tarde o temprano, alguno de los dos cogiera la puerta, silencioso, sonriente y tranquilo, como siempre, pero por última vez. Y le había tocado a Margaret.

jueves, 24 de marzo de 2011

Spring.


Por alguna razón,
cada X primaveras,
los almendros me florecen
azules.

domingo, 27 de febrero de 2011

Julia.

Noviembre de 1998.

Cuando la trajiste, estaba convencida de que traías un ángel entre tus brazos. Tan blanca, tan frágil; era como un copo de nieve de tamaño poco mayor que mi antebrazo.
- Julia... le susurré.
En ese momento, sin un grito, sin una lágrima, sin un gemido, instintivamente abrió los ojos. Gélidos, su iris era tan azul como la parte que debía ser blanca. Me miraba fijamente, con decisión y a la vez con calma. me obligó a desplazar los ojos hacia su pálido cuerpo semienvuelto en una manta.
Intenté valorar qué tenía aquella situación de sueño y qué de realidad, pero el peso de su pequeño cuerpo sobre mis brazos hacía imposible tal reflexión.
- ¿Sabes?- te dije- Hay momentos en los que creo en una cosa muy parecida a Dios.


Septiembre de 2001.

Anoche me desperté de golpe, muy agitada. Desconozco qué fue lo que me hico saltar de la cama, y de dónde vino el pálpito que me hizo sentir que debía ir al cementerio en aquel momento, pero me dejé llevar por él.
Cuando llegué allí y me encontré frente al diminuto sepulcro,comencé a excavar, como guiada por alguna voz que venía de no sé dónde, de muy dentro de mí. Una vez que tuve el ataúd en la mano, un escalofrío recorrió mi espalda: ahora, debía abrirlo.
Ante esa situación, tratando de prepararme para lo que iba a encontrar dentro, me vino a la mente un recuerdo vívido del día que la dejé allí. Mi niña, mi vida, el fruto de mis entrañas, me lo habían arrebatado sin darme una explicación, y yo sacaba lo poco que quedaba dentro de mí en forma de lágrimas, mientras veía cómo era sepultada, a los pocos meses de haber visto por primera vez el mundo. Era muy pequeña, de aspecto enfermizo, a decir verdad. Sus ojos de lactante eran fríos, y del mismo tono de azul cristalino que las venas que se transparentaban a través de su piel blanca en las sienes y los antebrazos.
Así es como pensaba encontrármela, además de fría como un témpano, igual que el día en que allí la dejé. Pero cuál fue mi sorpresa al abrir la tapa del ataúd. Lo que había dentro era ya una joven de unos 20 años; su largúisimo pelo rubio envolvía todo su cuerpo como una sábana. Su piel ya no era tan sumamente pálida como lo había sido, y sus mejillas tenían un cálido rubor. Abrió los ojos y vi que también habían cambiado. Seguían siendo azules, pero sólo por la parte de fuera, pues alrededor de la pupila había nacido una aureola castaña, como un destello cálido en aquellos ojos de turmalina.
No me lo podía creer. Mi niña no había muerto, sino que había estado creciendo, madurando, bajo tierra. Se levantó y vino hacia mí. Se me humedecieron los ojos.
- Julia...
- Madre...
Nos abrazamos, y sentí sobre mí la inesperada calidez de su cuerpo y su olor a tierra. Y vi, apretando su espalda, mis manos ya arrugadas, temblorosas.

martes, 8 de febrero de 2011

Beneath the rose.


[...] Y nunca más volvería a sentir ese frío, ese miedo, ese odio, ni a sentirme sola. Y la gente que dejara atrás seguiría con su rutina gris, sin nunca reparar en mi repentina ausencia, dado que yo allí había sido invisible.
Y si alguien, por casualidad, alguna vez me echaba en falta, le estaría bien empleado reflexionar un momento sobre cuál fue su parte de culpa: qué hizo que no debiera haber hecho, o qué pudo hacer y no hizo, para que tal vez yo siguiera allí en ese momento. Que se sintiera mal un instante por todo el tiempo que yo había vivido un infierno y nadie había querido escuchar mis gritos. Pero ya sería demasiado tarde, y yo ya no regresaría.

martes, 18 de enero de 2011

Anyone's ghost.


Se encuentra el semáforo en rojo, y espera frente al paso de cebra. Madre mía, de nuevo allí. El suelo y sus pies vuelven a saludarse, corteses pero distantes, a la vez con alegría de verse de nuevo y tristeza por un rencor que ha durando demasiado y no les ha permitido verse en mucho tiempo. Como viejos conocidos que un día se hicieron mucho daño, y entre los cuales, con el paso de los años, ha nacido la tolerancia, y una especie de perdón resignado por aquello de que el tiempo todo lo cura, si bien ha pasado demasiado como para que una reconciliación real pudiera tener algún sentido ahora entre las gomas y las baldosas. Hola, qué tal, cuánto tiempo, no esperaba volver a veros por aquí, pues ya ves.
El semáforo aún no se ha abierto. Ella, esta vez ya no mira hacia arriba, sino hacia la calle que se extiende hacia su derecha. De nuevo esos bloques marrones, qué horror. Y hace tanto frío como entonces.
Se enciende la luz verde y se pone a cruzar. Toda la gente que camina a su lado son desconocidos; en eso hay escasa diferencia con el resto de las veces que había pasado por allí. Pero a los transeúntes que cruzan la calle no les cubren los ojos mechones de pelo, ni llevan barba de varias semanas. Todos caminan de prisa, y hacia delante.
Dobla la esquina y baja por la boca del metro. En esta estación otra vez, Dios santo. Y llega al andén, y mira a todos lados como con el presentimiento de que alguien ha ido hasta allí con ella, con la mirada y el cuerpo llenos de decepción, para acompañarle hasta que suba al metro. Pero no; esta vez está sola. Sola: ella y nadie más. Sin la impotencia, sin la culpa, sin la incertidumbre, sin el miedo a volver a aquella plaza y que se le rasguen las suturas. Ahora llega el metro, se sube y se marcha.
En el andén no queda ni una persona, ni una sola gota de sangre.